Expándete
Para evitar que la vanidad
Se apodere de ti.
Yo Soy.
Aún sin manos, sin cabeza, sin pies, sin cuerpo, pensamientos ni emociones, aún sin mundo y sin cosmos,
Existo.
Dios por doquier.
Dios entra y sale por la puerta.
Dios es la puerta y el umbral.
Dios es adentro y afuera.
Dios es salir y entrar.
Dios es todo lo que hay.
Dios es lo único que hay.
OuM.
Todo lo que no es dicha pura es una ilusión del ego.
(¿Don de?) Lágrimas.
Heme aquí que lloro. Días han pasado desde que este corazón derrama tal sentir sin nombre, sin forma, aunque originado por lo sensible (por una manifestación percibida por los ojos y oídos) que cautivó al intelecto a tal zumo grado, pareciera que la razón del llanto es inaprensible, inexplicable, como el Amor, un amor divino, puro, místico, que aunque se exprese en el cuerpo a través de lágrimas, su principal esencia mora en el éter de la conciencia, en un plano tan sutil y elevado que ningún ojo lo puede ver, ningún dedo lo puede tocar, solo el alma participa de ello, como no mereciéndolo, como no sabiendo nada de ello, salvo su vivencia directa, e inaccesible a la vez para todo lo demás: mente, cuerpo, entendimiento, vida, ego, imaginación, etcétera. Pareciera que el corazón es lo único que logra contemplar Aquello, desgarrándose todo, solo así pudiendo sentir semejante vivencia: abriéndose hasta romperse, exponiéndose a carne viva, dándose a la vulnerabilidad, despojándose de sí mismo, amando tanto sin saberlo, quizás. Estas palabras calman la tempestad, pero algo en mí la busca, como el enfermo que busca una cura para su mal. No importaría llorar por toda la eternidad si me acompaña este sentir profundo y enigmático, al que desearía con todo mi ser llamar divino, no atreviéndome a nombrarlo, por no pecar de profana e ilusa. Mas nunca habría sentido tan fuerte conexión con mi Dios hasta verme así, agua salada y dulce a la vez. No había sentido tal ferviente devoción hasta ahora, que me encuentro desnuda, a flor de piel, ardiendo de amor, quiero exclamar “¡Por Ti, por Ti, por Ti!” y callar para no concederme ninguna autoridad sobre este clamor, sobre esta pasión que me tiene presa, como una bendición jamás concebida, jamás pretendida, y nunca merecida. Sentir, saber que la vida ya es vida, solo por este sentir tanto. Querer rendirme a este sentir una y otra vez, por siempre. Querer así limpiarme de impurezas, de toda aspereza y rudeza del corazón: ser una tierna flor de loto, saludando al sol sumergida en agua de pantano.. . Este florecer hacia dentro es un milagro, es un don que no viene de mí, aunque me habite, porque yo no he hecho nada más que recibir, como si una fuerza se impusiera sobre mí, llevándome a su merced por parajes desconocidos, sumamente bellos, terriblemente bellos, y no pudiera sino renunciar a todo por Todo. Quizás sea Dios, con todo y mis defectos, amándome a mí..
(Día 31 sin dejar de llorar)
